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Copyleft, la alternativa radical al Copyright

A contracorriente con los tiempos actuales, los últimos libros publicados por la editorial Traficantes de Sueños tienen impreso en sus primeras páginas una nota donde se dice que “se permite copiar, distribuir, exhibir e interpretar este texto”. En lugar de perseguir a los piratas, los traficantes han decidido animar a sus lectores a copiar los libros con los que se ganan el pan. Más aún, la modesta editorial ha colgado las obras en Internet para que cualquiera las descargue íntegramente sin pagar un duro.

Los volúmenes, con títulos como ‘Software libre para una sociedad libre’ o ‘El gobierno imposible’, pasan inadvertidos entre obras sobre anarquismo, militancia de izquierdas y ensayos sobre Internet que se amontonan en las estanterías rústicas de la librería que Traficantes tiene en Madrid, un local escondido en un primer piso de la calle Hortaleza, cerca de la Gran Vía. Pero esa pequeña leyenda que sustituye al tradicional “está prohibida la reproducción total o parcial de este libro por cualquier medio, bla, bla, bla” pretende ser una carga de profundidad contra las editoriales tradicionales y contra toda la industria de producción cultural (discográficas, productoras de cine, etc.). Al menos este es el desafío que lanzan desde sus trincheras las gentes que se arropan bajo la bandera de lo que llaman copyleft. Una vuelta de tuerca a las leyes de copyright, un juego de palabras que invierte los términos del copyright al sustituir el “prohibido” por el “está permitido”.

El copyleft se ha convertido en un movimiento desorganizado que ha comenzado a cobrar fuerza en los últimos años, que agrupa decenas de pequeñas y grandes iniciativas que plantean una vía alternativa tanto a los derechos de autor como al modelo de producción cultural de nuestra época. Comparten casi todos ellos la idea de que los ciudadanos tienen legítimo derecho a hacer copias de las obras culturales (música, libros o películas) y distribuirlas libremente. “Lo fundamental que persigue el copyleft es que los autores puedan vivir de su trabajo sin restringir el derecho de los lectores a la copia”, explica Amador Fernández, miembro activo del movimiento copyleft. Su editorial, Acuarela, ha comenzado a publicar también sus libros con la autorización expresa de que pueden copiarse y distribuirse libremente.

“Lo que buscamos es ampliar las posibilidades que la sociedad tiene de acceder a la cultura”, dice David Gámez, uno de la decena de jóvenes que fundaron hace siete años Traficantes de Sueños, “pensar que alguien que te fotocopia un libro te resta una venta es un error”, y abunda en su discurso, “para los autores el copyleft es algo tan enriquecedor como conseguir que tu obra esté a disposición de tanta gente como sea posible”, dice, “no se pretende quitarle al autor el dinero de su esfuerzo, sino que se trata de un esfuerzo compartido que es necesario hacer para ampliar el banco de bienes públicos, el dominio público”. Se trata de acabar con la idea que sólo unos pocos son los que cantan, escriben y pintan algo en la cultura, abriendo la puerta a que la gente pueda acceder y participar en la cultura, copiarla y transformarla, y en última instancia, participar en ella como algo más que simples consumidores, dicen desde las filas del copyleft.

Detrás del movimiento, que entronca con otros de oposición a las patentes de los programas de software y biotecnológicas, hay una crítica contra las sociedades de gestión (SGAE, CEDRO, etc.), la extensión progresiva de la leyes de derechos de autor a nivel mundial y el modelo de funcionamiento de la industria cultural.

Desde el punto de vista legal el autor es el dueño y señor sobre su obra y tiene, según la ley, pleno derecho a decidir dónde, cuándo y cómo se publica y distribuye, quién puede hacerlo, etc.. Si quiere dar libertad para que copien y distribuyan sus obras, como ocurre con el copyleft, pueden hacerlo, explica Marta Malmierca, responsable de servicios jurídicos de CEDRO, entidad que gestiona los derechos de los editores y de los escritores (recauda el canon por las fotocopias de libros, por ejemplo). Los usuarios, por su parte, pueden hacer copias de las obras en casos muy contados, para uso personal, y pagando una compensación a los autores en forma de canon que se impone a cada cinta, disco compacto o DVD virgen que se vende, o a cada fotocopia que se hace.

“El copyleft es admisible, siempre y cuando sea el creador quien decida usarlo y no sea algo que se impone desde fuera, que es lo que algunos defensores de este movimiento quieren”, critica Malmierca. “¡Regalen sus libros si ustedes quieren, pero déjenme que yo cobre por los míos!”, sentencia.

Para muchos, como Amador Fernández, “la opción por el copyleft es una fundamentalmente una cuestión política y ética”, aunque está por resolver el dilema de si esto es compatible con los negocios. ¿Es rentable editar un libro del que se pueden hacer copias libremente? Para Amador parece claro, los dos libros que ha publicado como copyleft están entre los tres más vendidos de su editorial.



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